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Literatura para reír, llorar y de vez en cuando, echarse un polvo.
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viernes, 24 de abril de 2015

Qué haré


QUÉ HARÉ
me mataré
te mataré
lo mataré
no sé

un excelente estudio dionisíaco
sobresale del agua
mientras clavan poetas
sutiles sobresaltos 

qué haré 
comeré 
beberé
soñaré
no sé

suena una campana en lo alto
del Rialto 
las palomas se avientan en vuelos suicidas

no sé
qué haré

el día tiene alfombras de cristal 
los edificios se sostienen en el aire

el silencio se acumula 
el diafragma se perfora 
y los mundos se desploman

se oye un grito
astillado
que se clava en el minuto 
caen olvidos 
y besos
apagados 
y perros 
apaleados
y cuchillos 
asesinos

giran cuartos de hospitales con sus cóncavos delirios
poblados de ruidos infinitesimales que despiertan y 
sostienen el desvelo yo yo yo

yo
lo vi
se quedó en mis ojos y 

lo olvidé

y ahora 
qué haré 

Isabel Fraire

COMO UNA LETANÍA dentro de mis huesos 
tu nombre se repite sin sentido 
debajo de los días 
debajo del deseo 
como oruga que labra un castillo infinito 
inhabitable, inevitable, y muerto.

lunes, 23 de marzo de 2015

Felicidad Clandestina

Ella era gorda, baja, pecosa y de pelo excesivamente crespo, medio amarillento. Tenía un busto enorme, mientras que todas nosotras todavía eramos chatas. Como si no fuese suficiente, por encima del pecho se llenaba de caramelos los dos bolsillos de la blusa. Pero poseía lo que a cualquier niña devoradora de historietas le habría gustado tener: un padre dueño de una librería.
No lo aprovechaba mucho. Y nosotras todavía menos: incluso para los cumpleaños, en vez de un librito barato por lo menos, nos entregaba una postal de la tienda del padre. Encima siempre era un paisaje de Recife, la ciudad donde vivíamos, con sus puentes más que vistos.
Detrás escribía con letra elaboradísima palabras como "fecha natalicio" y "recuerdos".
Pero qué talento tenía para la crueldad. Mientras haciendo barullo chupaba caramelos, toda ella era pura venganza. Cómo nos debía odiar esa niña a nosotras, que éramos imperdonablemente monas, altas, de cabello libre. Conmigo ejerció su sadismo con una serena ferocidad. En mi ansiedad por leer, yo no me daba cuenta de las humillaciones que me imponía: seguía pidiéndole prestados los libros que a ella no le interesaban.
Hasta que le llegó el día magno de empezar a infligirme una tortura china. Como al pasar, me informó que tenía Las travesuras de Naricita, de Monteiro Lobato.
Era un libro gordo, válgame Dios, era un libro para quedarse a vivir con él, para comer, para dormir con él. Y totalmente por encima de mis posibilidades. Me dijo que si al día siguiente pasaba por la casa de ella me lo prestaría.
Hasta el día siguiente, de alegría, yo estuve transformada en la misma esperanza: no vivía, flotaba lentamente en un mar suave, las olas me transportaban de un lado a otro.
Literalmente corriendo, al día siguiente fui a su casa. No vivía en un apartamento, como yo, sino en una casa. No me hizo pasar. Con la mirada fija en la mía, me dijo que le había prestado el libro a otra niña y que volviera a buscarlo al día siguiente. Boquiabierta, yo me fui despacio, pero al poco rato la esperanza había vuelto a apoderarse de mí por completo y ya caminaba por la calle a saltos, que era mi manera extraña de caminar por las calles de Recife. Esa vez no me caí: me guiaba la promesa del libro, llegaría el día siguiente, los siguientes serían después mi vida entera, me esperaba el amor por el mundo, y no me caí una sola vez.
Pero las cosas no fueron tan sencillas. El plan secreto de la hija del dueño de la librería era sereno y diabólico. Al día siguiente allí estaba yo en la puerta de su casa, con una sonrisa y el corazón palpitante. Todo para oír la tranquila respuesta: que el libro no se hallaba aún en su poder, que volviese al día siguiente. Poco me imaginaba yo que más tarde, en el curso de la vida, el drama del "día siguiente" iba a repetirse para mi corazón palpitante otras veces como aquélla.
Y así seguimos. ¿Cuánto tiempo? Yo iba a su casa todos los días, sin faltar ni uno. A veces ella decía: Pues el libro estuvo conmigo ayer por la tarde, pero como tú no has venido hasta esta mañana se lo presté a otra niña. Y yo, que era propensa a las ojeras, sentía cómo las ojeras se ahondaban bajo mis ojos sorprendidos.
Hasta que un día, cuando yo estaba en la puerta de la casa de ella oyendo silenciosa, humildemente, su negativa, apareció la madre. Debía de extrañarle la presencia muda y cotidiana de esa niña en la puerta de su casa. Nos pidió explicaciones a las dos. Hubo una confusión silenciosa, entrecortado de palabras poco aclaratorias. A la señora le resultaba cada vez más extraño el hecho de no entender. Hasta que, madre buena, entendió al fin. Se volvió hacia la hija y con enorme sorpresa exclamó: ¡Pero si ese libro no ha salido nunca de casa y tú ni siquiera querías leerlo!
Y lo peor para la mujer no era el descubrimiento de lo que pasaba. Debía de ser el horrorizado descubrimiento de la hija que tenía. Nos espiaba en silencio: la potencia de perversidad de su hija desconocida, la niña rubia de pie ante la puerta, exhausta, al viento de las calles de Recife. Fue entonces cuando, recobrándose al fin, firme y serena, le ordenó a su hija:
-Vas a prestar ahora mismo ese libro.
Y a mí:
-Y tú te quedas con el libro todo el tiempo que quieras. ¿Entendido?
Eso era más valioso que si me hubiesen regalado el libro: "el tiempo que quieras" es todo lo que una persona, grande o pequeña, puede tener la osadía de querer.
¿Cómo contar lo que siguió? Yo estaba atontada y fue así como recibí el libro en la mano. Creo que no dije nada. Cogí el libro. No, no partí saltando como siempre. Me fui caminando muy despacio. Sé que sostenía el grueso libro con las dos manos, apretándolo contra el pecho. Poco importa también cuánto tardé en llegar a casa. Tenía el pecho caliente, el corazón pensativo.
Al llegar a casa no empecé a leer. Simulaba que no lo tenía, únicamente para sentir después el sobresalto de tenerlo. Horas más tarde lo abrí, leí unas líneas maravillosas, volví a cerrarlo, me fui a pasear por la casa, lo postergué más aún yendo a comer pan con mantequilla, fingí no saber dónde había guardado el libro, lo encontraba, lo abría por unos instantes. Creaba los obstáculos más falsos para esa cosa clandestina que era la felicidad. Para mí la felicidad siempre habría de ser clandestina. Era como si yo lo presintiera. ¡Cuánto me demoré! Vivía en el aire... había en mí orgullo y pudor. Yo era una reina delicada.
A veces me sentaba en la hamaca para balancearme con el libro abierto en el regazo, sin tocarlo, en un éxtasis purísimo. No era más una niña con un libro: era una mujer con su amante.

Clarice Lispector


VESTIDURAS



Cierto día Belleza y Fealdad se encontraron a orillas del mar. Y se dijeron:

-Bañémonos en el mar.
Entonces se desvistieron y nadaron en las aguas. Instantes más tarde Fealdad regresó a la costa y se vistió con las ropas de Belleza, y luego partió.
Belleza también salió del mar, pero no halló sus vestiduras, y era demasiado tímida para quedarse desnuda, así que se vistió con las ropas de Fealdad. Y Belleza también siguió su camino.
Y hasta hoy día hombres y mujeres confunden una con la otra.
Sin embargo, algunos hay que contemplan el rostro de Belleza y saben que no lleva sus vestiduras. Y algunos otros que conocen el rostro de Fealdad, y sus ropas no lo ocultan a sus ojos.

Khalil Gibrán

Herido Dios

Me duele la cabeza. Anoche Dios vino a cenar y se puso necio.
Mi casa está destrozada, sobre todo la cocina que se ve como de la posguerra. Ese cabrón.
Pero la culpa es mía por andar de bocona. Anteayer por la noche, antes de irme a la cama, escribí: “Querido Dios, concédeme el milagro de la multiplicación de las botellas de vino tinto, el chocolate y los lectores. A cambio te daré lo que me pidas”
Vamos a ver ¿quién puede tomarse en serio semejante declaración? Pues sí, sólo él.
Así que se apareció con dos ángeles, guapísimos, por cierto. Yo estaba pensando en qué preparar para  la cena cuando tocaron el timbre. Nunca recibo visitas y cuando llaman finjo que no estoy, suficiente tengo con soportar mi humanidad como para tolerar otras y además en la intimidad de mi casa.
No contesté y el timbre siguió sonando cada vez más con más vehemencia. Yo seguí haciéndome pendeja cada vez con más vehemencia… hasta que escuché mi nombre.
-       Alma, soy Yo.
-       ¿Quién eres?
-       Yo soy El que soy.
-       Yo también soy la que soy y la que soy no espera a nadie. Dime quién eres o no abro.
Me asomé por la mirilla y me pareció distinguir a un vecino. Abrí.
Ningún vecino, era Dios que entró como si estuviera en su casa y se sentó en mi sofá. Los dos ángeles se pararon delante de la puerta.
-       Vengo a cenar y a cumplir mi parte del trato si tú cumples con la tuya.
-       Y qué quieres cenar, no creo que te interese una quesadilla ni una sopa instantánea. Digo, eres Dios.
-       ¿Qué quieres cenar tú?
-       ¿Yo? Costillitas de cordero y vino tinto.
Apenas terminé de decirlo cuando los platos y las copas estaban servidos.
Nos sentamos, los ángeles seguían de pie.
-       ¿Ellos no cenan? – pregunté.
-       Los ángeles son formas puras y por eso no comen. No lo necesitan.
-       Pues qué ojete eres, mira que negarles ese placer.
-       Justamente de eso quiero hablar contigo. Leí tu propuesta y estoy interesado en negociar.
Dios queriendo negociar conmigo y sentado a mi mesa. Casi escupo el vino con la carcajada que se me desparramó desde las entrañas.
Pero pronto dejó de ser tan divertido. Dios también quería tres cosas: que liara un porro de mariguana  para él, que le leyera el Tarot y que le presentara a una amiga que no tuviera miedo al compromiso. Qué original, joder.
Además sólo teníamos hasta las dos de la mañana para cumplir cada uno con su parte del trato y eran poco más de las nueve de la noche.
Conseguí la mariguana y le armé un cigarro bien gordo que se fumó sin invitarnos a los ángeles ni a mí. Mi lectura del Tarot no le gustó porque en todas las tiradas salió la carta del Diablo, pero en general estuvo bien.
El verdadero reto era encontrar a una chica que quisiera comprometerse. Por más que repasaba los nombres de mis amigas no daba con ninguna que quisiera una relación seria.
Él, que estaba cada vez más borracho y pacheco, empezó a tropezar con todo y a ponerse sentimental: que cómo chingaos iba a gobernarnos si él no podía vivir nuestras pasiones. Que por qué carajos no lo habíamos diseñado como a los dioses de la mitología griega, con derecho a tener una esposa y a engañarla, con derecho a emborracharse, a cogerse a las esclavas. Que por lo menos lo hubiéramos pensado parecido a los Orishas de la religión yoruba y un divino etcétera, etcétera.
Me rendí.
-       Oye Dios, tengo que decirte algo. Pude cumplir con dos de tus deseos, pero tenemos un problema generacional ¿sabes?, es imposible encontrar a una chica que quiera comprometerse, sobre todo si el compromiso es contigo.
Pobre, tenía cara de animalito perdido. Le había llegado el monchis y necesitaba azúcar para recuperarse. Le ofrecí una bolsa de mis preciados panditas rojos.
Entonces me dijo:
-       Yo también voy a fallarte. Nunca te faltarán el vino tinto ni el chocolate. Pero multiplicar a los lectores es un milagro que ni yo puedo concederte. Ya lo sabes, nadie lee.
Desapareció junto con los ángeles. Mi cava se repletó de botellas de tinto de las más diversas uvas y regiones, en mi alacena no cabe otra barra de chocolate. Y de los lectores, mejor ni hablamos.
La cruda es desoladora.
¿Ven? ¿Ven por qué bebo?
Alma Delia Murillo
Sin embargo

Nanas de la cebolla




La cebolla es escarcha
cerrada y pobre:
escarcha de tus días
y de mis noches.
Hambre y cebolla:
hielo negro y escarcha
grande y redonda.

En la cuna del hambre
mi niño estaba.
Con sangre de cebolla
se amamantaba.
Pero tu sangre,
escarchada de azúcar,
cebolla y hambre.


Una mujer morena,
resuelta en luna,
se derrama hilo a hilo
sobre la cuna.
Ríete, niño,
que te tragas la luna
cuando es preciso.

Alondra de mi casa,
ríete mucho.
Es tu risa en los ojos
la luz del mundo.
Ríete tanto
que en el alma al oírte,
bata el espacio.

Tu risa me hace libre,
me pone alas.
Soledades me quita,
cárcel me arranca.
Boca que vuela,
corazón que en tus labios
relampaguea.


Es tu risa la espada
más victoriosa.
Vencedor de las flores
y las alondras.
Rival del sol.
Porvenir de mis huesos
y de mi amor.

La carne aleteante,
súbito el párpado,
el vivir como nunca
coloreado.
¡Cuánto jilguero
se remonta, aletea,
desde tu cuerpo!

Desperté de ser niño.
Nunca despiertes.
Triste llevo la boca.
Ríete siempre.
Siempre en la cuna,
defendiendo la risa
pluma por pluma.

Ser de vuelo tan alto,
tan extendido,
que tu carne parece
cielo cernido.
¡Si yo pudiera
remontarme al origen
de tu carrera!

Al octavo mes ríes
con cinco azahares.
Con cinco diminutas
ferocidades.
Con cinco dientes
como cinco jazmines
adolescentes.


Frontera de los besos
serán mañana,
cuando en la dentadura
sientas un arma.
Sientas un fuego
correr dientes abajo
buscando el centro.

Vuela niño en la doble
luna del pecho.
Él, triste de cebolla.
Tú, satisfecho.
No te derrumbes.
No sepas lo que pasa
ni lo que ocurre.

Miguel Hernández